Las contradicciones de Fito


“en tiempos donde nadie escucha a nadie,
en tiempos donde todo es contra todos,
en tiempos egoístas y mezquinos,
en tiempos donde siempre estamos solos;
habrá que declararse incompetente
en todas las materias del mercado,
habrá que declararse un inocente
o habrá que ser abyecto y desalmado”
,

dice Fito en “Al lado del camino” y parece difícil contradecirlo...
El mundo de hoy abruma a las personas y hasta les quita perspectivas. Quienes tienen acceso a casi todo (una minoría, por cierto) prueban y prueban de todo a lo largo de su vida (corta muchas veces) hasta llegar al punto de no saber qué más es lo que queda por experimentar. El final lo conocemos.
Quienes no tienen aquella posibilidad de las múltiples pruebas de emociones, por el contrario, pueden caer en depresiones, en dejarse estar y no esforzarse en lo más mínimo –hoy por hoy, uno de los deportes más populares- o en derivar su vida a rincones desde los cuales es espinoso volver, y también sabemos todos a qué me refiero.
Pero el caso que me ocupa en esta nota es el de aquellas personas que llegaron a la última etapa de su vida y se encuentran alejadas (en espacio o en tiempo) de hijos y nietos por la vorágine de la vida actual, “desenganchadas” de esta época a la que el rosarino hace mención, y, además, sin proyectos o actividades que les propongan un motivo permanente de interés para encarar cada día con el entusiasmo de entonces. Es muy habitual encontrar matrimonios o viudos sexagenarios (y mayores también) que solo se levantan cada mañana para ver pasar el día hasta la hora de volver al lecho. Y no es cuestión de hacer correr el tiempo solamente, viendo televisión, haciendo manualidades o Yoga, visitando parientes o haciendo paseos por algún lugar. Todo ello puede llenar horas, pero no llena el corazón de nadie. El ser humano necesita, como el burro, la zanahoria adelante para querer seguir. Sin motivación, la depresión o la perdición están ahí nomás...
Sin embargo, el gran cantautor desgarbado también entona:

“¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón...”


Y ahí está la fórmula: entregar el corazón. Vamos al grano: el mundo se mueve por emociones. El dinero gira por emociones –pertenecer a una clase, ser el primero en tener un producto, etc.-. La publicidad busca la emoción para lograr su objetivo de concretar la compra. El artista necesita provocar la emoción del espectador, del lector, del escucha, para lograr trasmitir su mensaje. El hombre busca, necesita la emoción. Es fundamental poder emocionarse, de las múltiples formas en que puede darse la experiencia. ¿Y entonces..?
Hay un mundillo especial para vivir la emoción hasta los últimos días de la vida. Un mundillo que provoca ganas de levantarse y hacer. De generar, de mejorar. Y de emocionarse. Ese mundillo se llama “ONGs”. Las ONGs (Organizaciones No Gubernamentales) son una forma magnífica para llevar bien al mundo. Y ese bien se traduce en beneficios para quien recibe el servicio y en una inmensa emoción para quien logra el objetivo de cambiar la realidad. En todo el país, hay miles y miles. Hay una a la vuelta de su casa, no le quepa duda, es solo cuestión de saber mirar. Igualitas a esas que aparecen en los programas de Tinelli y que logran conmover a cualquier televidente.
Desde años pertenezco a una de ellas (El Club de Leones), y la emoción que se siente con cada caso de solidaridad hacia el prójimo es una paga que no existe dinero, ni droga, ni vehículo, ni videojuego, ni fantasía sexual, ni nada que pueda igualarlo. Las ONGs permiten a quienes las integran elevar su condición de personas a la vez que las hacen sentir útiles, necesarias. Y verdaderamente lo son.
Fito se contradice. O no, quizás solo quiere ver todos los lados del asunto. De todos modos, yo me quedo con la última propuesta. ¿Vos qué opinás...?

PD1: La foto que ilustra la nota es del "Centro para Ciegos y Discapacitados Visuales" de mi institución, el "Club de Leones La Colonia-Quilmes Oeste".

PD2: Tinelli también dice esto:
http://www.eltrecetv.com.ar/shared/v2/fullscreen_videos.asp?archivo=http://contenidos2.canal13.com.ar/2009/10/14/mcsm131009marcelo.flv

Carta dejada por el Dr. René Favaloro


El Juez liberó la nota que dejó el Dr. René Favaloro antes de suicidarse.

Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic , está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria. Nunca perdí mis raíces.. Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Guemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles.
Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo.
En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno. La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces.
La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada).
Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente.
Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía.
A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo.
Este era nuestro único contacto.
A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el Departamento de Investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular.
Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado.
La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos; como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.
¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno!
Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica.
Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país.
Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente).
Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener 100 camas más. No daríamos abasto para atender toda la demanda.
El que quiera negar que todo esto es cierto, que acepte que rija en la Argentina el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno.
Lo mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga), el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana, sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano.
Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio?. Muy simple: el paciente es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. '¿Pero cómo, usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?'. 'Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe'. El cirujano 'de real valor' además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios!
Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las 'indicaciones' de su cardiólogo. '¿Doctor, usted sigue operando?' y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre.
Muchos de estos cardiólogos, son de prestigio nacional e internacional.
Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna 'lecture' de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos. Pero aquí, vuelven a insertarse en el 'sistema' y el dinero es lo que más les interesa.
La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar. Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalles los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter eco, camara y etc., etc.) los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos.
No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado, visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle 'la operación económica' y entregará el sobre correspondiente!.
La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir 'no hay camas disponibles'.
Nuestro juramento médico lo impide.
Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICYCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses... Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica.
En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben.
Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando.
Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros!. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!) todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta.
¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente?
Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.
La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la C. Clinic , le decía al Dr. Effen que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español!
Sin duda la lucha ha sido muy desigual.
El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse.
Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al 'sistema'.
Sí al retorno, sí al ana-ana.
'Pondremos gente a organizar todo'. Hay 'especialistas' que saben cómo hacerlo. 'Debés dar un paso al costado. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado'. 'Debés comprenderlo si querés salvar a la Fundación'
¡Quién va a creer que yo no estoy enterado!
En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.
Joaquín V. González, escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: 'a mí no me ha derrotado nadie'. Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla. Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular. El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo.
'¡La leyenda, la leyenda!'
Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga.
Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz.
Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata.
No puedo cambiar.
No ha sido una decisión fácil pero sí meditada.
No se hable de debilidad o valentía.
El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano.
Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad.
Estoy tranquilo... Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.
En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta.
En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.
A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco.
Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.
Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.
Un abrazo a todos
René Favaloro

julio 29 de 2000 - 14:30 horas

¿Vos qué opinás...?

Del dicho al hecho...


Pasaron las elecciones y los coletazos se están empezando a sentir, tanto en el seno del Gobierno como en el propio Justicialismo. Dirigentes distanciados que empiezan a aparecer otra vez, renuncias de un lado y de otro, viejas amistades que dejan de serlo, amistades nuevas que van apareciendo (camaleonismo, bah). Pero me parece importante analizar el papel de la política, o de los políticos, haciendo referencia con esas designaciones a aquellos que son candidatos pero no son aún funcionarios públicos.
En las últimas cuatro o cinco elecciones hemos visto surgir distintas fuerzas que aparecieron como alternativas de poder. En todos los casos, la alegría por los triunfos obtenidos se transformó también en el entusiasmo por conformar una verdadera fuerza de alcance nacional que permita discutirle al Justicialismo los espacios de poder. Casi hasta parece lógico pensarlo, si se tiene en cuenta el hecho de ganarle una elección al Peronismo, como ocurrió el pasado domingo 28 a manos de Unión Pro en la provincia de Buenos Aires, principal distrito del país y máximo escenario de la política nacional (por ello el kirchnerismo puso toda la carne al asador allí).
Sin embargo, resulta llamativo recordar que en ningún caso estas fuerzas lograron conformar lo que soñaron tras los escrutinios que los favorecieron. El por qué de esto da quizás para el estudio de un politólogo más que para la charla de café, pero –aunque sea a nivel doméstico- quiero echarle un vistazo al asunto.
Estoy empezando a creer que las elecciones no se ganan. Es decir, ningún político gana las elecciones, aunque ellos así lo crean (¡¿quién le hace creer a De Narváez que no le ganó a Kirchner?!). Estoy empezando a rumiar que los políticos se imponen en las elecciones en detrimento de los oficialismos competentes en la contienda. Y que cuando esos políticos asumen sus roles tras los comicios y, ya devenidos a funcionarios públicos, se someten al sufragio popular ven cómo sus votos van a parar a manos de otros políticos, que aún no son o fueron funcionarios. Y es allí cuando deben concluir que, en realidad, ellos tampoco ganaron nunca una elección sino que la habían perdido quienes ejercían el Poder. O para ser más claros: los votos van a parar a manos de políticos opositores al régimen, en la única esperanza que queda de que algo de lo que está pasando cambie. Pero cuando esos políticos se convierten en parte de la clase gobernante (desde el Poder Legislativo o desde el Ejecutivo), no conservan el privilegio en las urnas, que vuelve a quedar en manos de alguna agrupación de políticos –que todavía no demostraron lo malo que van a ser cuando sean funcionarios-. Simplificando más la cuestión: los votos no son positivos, son opositores. Los votos no apoyan a un político o a una fuerza sino que se oponen al Poder de turno, prestándole poder al que está de moda y más posibilidades tiene de arruinarle la fiesta a los que quieren atornillarse a sus sillones. Si hacemos memoria, recordaremos que Bloomberg fue oposición con pretensiones importantes (y con movilizaciones considerables en base a la lucha contra la inseguridad), Carrió fue segunda fuerza –algunos sostienen que su frente aún lo es- y hoy el Pro le arrebata una elección al Peronismo (al kirchnerismo en realidad). Si tenemos en cuenta las extracciones de derecha y de izquierda de estas diferentes agrupaciones, inferiremos que el pueblo está prestándole poder a la fuerza opositora de turno en pos de quitárselo a quienes gobiernan. Simplemente eso: no votar a favor de una política o un proyecto sino en contra del que está, mecánica que se repite una y otra vez en nuestra rutina democrática…
La política dice. Los gobernantes hacen. Estoy empezando a creer que los argentinos somos mucho mejores con las palabras que con los hechos. ¿Vos qué opinás…?

Primeras escaramuzas


“Si los pueblos no se ilustran, si no se divulgan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que puede, vale, debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y será tal vez nuestra suerte cambiar de tiranos sin destruir la tiranía.”
Mariano Moreno

En los últimos meses, se vienen sucediendo episodios que, a mi entender, van dejando de ser hechos aislados y van empezando a marcar una tendencia. Porque llevan un hilo conductor que permiten proyectar futuras acciones similares, aunque ya de mayor tenor y gravedad. Una pared que se levanta (aunque solo haya podido ser en la intención, que es lo más importante) en el límite entre San Isidro y San Fernando, impulsada por un Intendente que no encontró mejor forma de delimitar dos comunidades. Todo un símbolo. En Lanús, días atrás, se desarrolló una verdadera batalla campal entre vecinos de un barrio y ocupantes de un asentamiento, que sacaron a relucir (de ambos lados) el resentimiento, el encono, la irreconciliable “diferencia” existente entre los dos grupos. Y ya hubo otros hechos parecidos en distintos barrios de Capital y GBA, generalmente con okupas de territorios (hasta hubo toda una villa incendiada el año pasado) y vecinos que ven cómo su geografía cercana pierde calidad de vida al alojar gente sin las mínimas condiciones necesarias para desarrollar la existencia de una familia de una manera digna…
El perverso sistema político instalado hace casi una década de fomentar la vagancia y la des-educación premiando a quienes lo integran con planes sociales está alcanzando límites que, supongo, ni sus propios iniciadores imaginaron. Una verdadera “máquina de hacer pobres”, como sugirió alguna política tan moral como opositora (¿quién sabe cómo sería si estuviera del otro lado del mostrador…?), que paga subsidios por hijo y engendra una espiral reproductiva de descendientes no educados. Y que permite a quien reparte esas dádivas seguir perpetuándose en el poder, porque quienes lo reciben prefieren ese modo de vida a otro. Dos puntas de un sistema que, de democrático, ya no tiene prácticamente nada, porque se va convirtiendo en invencible gracias a la proliferación de no educados que votan por recibir miseria sin esfuerzo.
En el medio, la gente trabajadora, la educada, genera recursos para el sistema en su conjunto, aunque en proporción cada vez alcance para menos…
El método del cáncer, exactamente igual. Dicen T. Dethlefse y R. Dalhke en “La enfermedad como camino”:

“Esta triunfal proliferación de las células cancerosas termina cuando ha consumido literalmente a la persona a la que ha convertido en su suelo nutricio. Llega un momento en el que la célula cancerosa sucumbe a los problemas de abastecimiento. Hasta este momento, prospera.

“El comportamiento de la célula cancerosa es satisfactorio únicamente mientras vive el casero, su final significa también el fin del desarrollo del cáncer. Aquí reside el pequeño pero trascendental error en el concepto de la realización de la libertad y la inmortalidad. Uno se retira de la antigua comunidad y no se da cuenta de que la necesita hasta que ya es tarde.”


Estamos asistiendo a esto. Llevará tiempo, aunque no demasiado –en términos históricos- llegar a una guerra civil. Éstas que presenciamos son las primeras escaramuzas, las que el cuerpo, que antes estaba sano, inicia contra el cáncer. Pero el método del cáncer es fuerte, y avanza. Prolifera, se multiplica, y el cuerpo sano cada vez será menor y más débil. Este sistema se transforma en un verdadero monstruo que cada vez comerá más y más, demandará más y más, luchará más y más, en pos de saciar sus necesidades de la manera menos educada, menos socializada, menos comunitaria.
Se acercan las elecciones, quedan pocos días, y la reflexión sobre esta terrible proyección debería provocar un verdadero acto reflexivo en cada uno para tratar de que esta película tenga otro fin. ¿Vos qué opinás…?

Mandamientos y prioridades


Hace 27 años (uf!), cumplía con el servicio militar obligatorio. A lo largo de cincuenta interminables días, realice el período de instrucción en un batallón de Campo de Mayo, en plena guerra de Malvinas. Tiempo suficiente para aprender orden cerrado (el “ceremonial y protocolo” militar), manejo de armas de fuego –lo que quedaba de ellas, en realidad-, los grados en el Ejército, prácticas militares diversas (incluidos el cuidado de las pertenencias, la manera de acampar, la orientación sin instrumentos, etc.) y hasta cómo odiar o hacerse odiado –algo que verdaderamente no sabía hasta ese momento-. Bueno, esto último no me lo enseñaron por cierto, pero lo aprendí solito…
Sin embargo, de todo ese “programa docente”, lo que más me pegó fueron las enseñanzas del capellán (sacerdote militar, más de lo segundo que de lo primero). Este muchacho, muy consustanciado con la doctrina del momento, logró patear el tablero de mis creencias cristianas vivientes en mí desde el catecismo y la confirmación. Según este “clérigo”, los mandamientos no eran verdades absolutas sino más bien relativas. Es decir, siempre hay prioridades que ameritan dejar de lado un mandamiento en pos de un bien mayor, por ejemplo: “No matarás”, siempre y cuando no llegues a tu casa y se estén violando a tu hermana (sic). “No robarás”, a no ser que tu hijo tenga hambre y estés en la puerta de un palacio donde dan un banquete. Una teoría que encajaba perfectamente en el pensamiento de la época, que justificaba los medios en pos de los fines…
Aquella relatividad nunca dejó del todo de dar vueltas en mi cabeza. Porque tenía mucho de malo el entorno de dónde venía, lo cual era prácticamente condenatorio. La persecución y muerte que arrasó con miles de personas en aquel período estaban basadas precisamente en una lógica que establecía qué males eran más malos y qué se debía hacer al respecto, violando cualquier norma establecida (legal, moral o religiosa). Sin embargo, no deja de tener mucha sensatez el hecho de dar prioridad a las cosas. Y los mandamientos o prácticas cristianas (o religiosas en general, seguramente) no escapan a ello. Ahí es donde sobreviene la disyuntiva: ¿está bien o está mal ese orden de prioridades? ¿deben ser absolutos o relativos los mandamientos de la Iglesia –o hasta los de la Educación, los de las leyes o los que fueran-?
Y aunque parezca un tema menor o atemporal, creo que tiene absoluta importancia y vigencia. Hoy, la inseguridad convierte en “justiciero” (¡qué término para alguien que asesina a una persona, aunque sea delincuente!) a todo aquel que puede salvar a su familia o a él mismo de un robo, una vejación o hasta de la muerte. Y no creo que nadie condene el hecho de defenderse de una agresión que uno ni siquiera conoce qué fin va a tener (antes era más certero que quien robaba no pasaba de ello, pero hoy ese límite no existe más y, ante la duda…). Ni hablar de tantos otros casos, de menor importancia ergo, que también supeditan códigos establecidos en pos de beneficios superiores, porque “el sentido común así lo indica”.
Quizás exista un mix que apunte más a la verdad que la rigidez de lo absoluto o la vaguedad de lo relativo. Aunque eso ya deja de ser absoluto. Lo cierto es que salir de lo absoluto también tiene su riesgo, y ya lo hemos vivido, ciertamente.
Creo que la duda me acompañará mucho tiempo más, a pesar de que llevo más de la mitad de mi vida sin resolverla. Los dogmas del capellán (quizás ya fallecido) todavía siguen siendo cuestionados en mi cabeza, aunque nunca pude condenarlos del todo. Quizás las épocas cambiaron y hoy, aunque parezca que no, la sociedad toda esté más cerca que alejada de aquellas cuestionables teorías del sacerdote militar. Y me queda otra duda: ¿Vos qué opinás…?

La Gran Estafa


Hace unos meses, tratando de comprar un auto usado, me contacté con alguien que tenía uno que me interesó. Estaba “impecable” según el aviso y las fotos publicadas daban prueba de ello. Concerté una cita y, nada menos que un viernes por la tarde, crucé toda la Capital Federal para llegar hasta Zona Norte a ver el vehículo. Tras un nuevo llamado al vendedor, nos encontramos en una estación de servicio. Patética sensación tuve cuando vi llegar aquel coche, que nada parecía tener que ver con lo que se veía en la red…
Conversando con el dueño, me dijo que las fotos databan de unos dos años (lo que no parecía, desde ya). El estado del auto era deplorable: interior, exterior, mecánica, todo era un desastre. Sin muchas vueltas, me volví a mi domicilio cruzando nuevamente la gran urbe con la inmunda sensación de sentirme estafado.
Ya en mi casa, conectado a Internet, pude verificar que la patente del vehículo de las fotos era distinta de la de aquel que fui a ver, lo que aumentó mi indignación. Redacté urgentemente una carta al site que albergaba el aviso explicando lo sucedido, lo que mereció que al día siguiente el mismo no figurara más allí…
Es una horrible sensación pedir en un restorán una entrada de jamón cocido y notar que te trajeron paleta. O alquilar un lugar para vacacionar viéndolo por fotos y comprobar al llegar que nada tiene que ver con lo promocionado. O depositar fondos propios en un banco amparado en la “ley de intangibilidad“ y padecer un “corralito financiero” solo a los tres meses. Yo (¿y quién no en este país?) pude experimentar la impotencia que se siente ante la estafa –aunque en el caso relatado solo fuera en mis ilusiones, nada más (y nada menos…).
Sin embargo, la Argentina siempre da para más. Siempre puede sorprendernos, aunque uno tenga pocos o muchos años, la capacidad de asombro no puede perderse nunca. Hoy, la farsa llega al insospechado límite de las “candidaturas testimoniales”. Bonito nombre para una mentira de semejante tamaño. Ni María Elena Walsh y su poesía disparatada sería capaz de inventar una cosa similar (la poetisa no era perversa, por supuesto). Candidatos de mentira. Que son figuritas, pero que no son de verdad. Que aparecen y desaparecerán, pero no por arte de magia sino por el arte de mentir. La magia es una ilusión. La mentira descarada no. Y si “violencia es mentir”, como dice el Indio, esto no es más que una inmensa e inmunda violencia. Una más que va a parar a la mochila de este gobierno, como la de los índices del Indec, la de las retenciones para construir hospitales, la patraña de retirar los fondos de las AFJP para inyectar el dinero en obras y tantas otras que dan no solo vergüenza sino hasta asco. Y que logran engañar al “soberano”, que nada tiene de ello porque se lo ha sub-educado para que pise el palito en artimañas de calibre tan burdo como éste al que asistimos.
Me aborda la vergüenza como argentino, por advertir cómo desde el poder se le tiende una trampa a la gente para que “compre” lo que no va a tener, mientras –a la vez- el pueblo educado (que cada vez es menos en porcentaje) se ve burlado desfachatadamente porque el soberano dominado por la ignorancia decide en cantidad imbatible. ¿Vos qué opinás…?

Chau Alfonso...


El viejo caudillo estaba cansado, enfermo, agotado. Y no quiso empezar un abril más. Ochenta y dos juntó. Y así como cuando murió el Presidente Perón, su opositor de siempre, el Dr. Ricardo Balbín, lo saludaba diciendo “hoy, este viejo adversario despide a un amigo”, los argentinos todos despedimos ahora a un verdadero amigo. Porque luchó para todos. Porque es el único ex Presidente que no fue acusado de corrupción. Porque peleó por los Derechos Humanos (los de todos), porque avanzó sobre los injustos y asesinos. Porque, junto a todo un Pueblo que lo acompañó, logró conformar una Democracia que –como expresara notas atrás- aún tiene mucho por resolver.
Chau Alfonso. Que en paz descanses. Ojalá vos puedas, algún día, volver y ser millones. Para que entre todos podamos “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. ¿Vos qué opinás…?

Izquierdos Humanos


La sensación es tremenda. Indefensión. Desprotección. Impotencia. Bronca y tristeza. Todo a la vez. El Frankenstein que crearon los sucesivos gobiernos permisivos (y algo más que permisivos también) se volvió hasta contra sus mismos creadores. Ya no respeta nada, y mata porque sí, sin razón ninguna sino casi por diversión. Y desde las cúpulas, en vez de tratar de detenerlo, solo se escuchan voces que se vanaglorian sosteniendo que el índice de delitos es el mismo que el de no sé qué año, o que en Latinoamérica nuestros delincuentes son unos nenes de pecho. O que la crisis social tiene la culpa de todo, cuando los responsables de ella son los mismos que lo dicen y cuando tampoco es del todo verdad, porque la crisis puede –de última- hacer a alguien robar, pero nunca matar por matar…
Una a una las víctimas de las balas vamos siendo todos. Ya nadie se anima a salir muy tranquilamente a la calle, porque el acecho está ahí, en cualquier esquina, en cualquier cuadra, en cualquier rincón. Violadores, ladrones, asesinos o hasta balas sueltas están esperando el momento de cazar a su presa. Y hay que estar atento de no convertirse en una de ellas.
El Estado, mientras tanto, permanece inmune a las críticas y a los alaridos de la gente que reclama seguridad. Es más: hasta se burla de todo. No se entiende de otra forma el hecho de que le otorguen el premio de la prisión domiciliaria a una asesina que bajó a un servidor del orden querido por todo un barrio, por el hecho de estar embarazada. Me pregunto qué pensará la familia de ese honroso policía. ¿Qué? Quizás piense que el pobre hombre dejó su vida casi para nada, pues el Estado –que le daba trabajo- minimiza el hecho de su asesinato al brindarle una situación de privilegio a quien se encargó de terminar con su vida. ¿Qué puede pensar una víctima de la inseguridad ante semejante horror? Claro, cuando alguien opina desde el dolor se le critica con ferocidad, porque hablar de ciertas condenas parece que atenta contra los Derechos Humanos. Aquí es donde cabe aclarar que los Derechos son los delincuentes y los que trabajan son Izquierdos. No se entiende de otro modo. Porque en aras de defender los Derechos Humanos siempre se terminan relativizando las gravedades de los hechos y hasta haciendo la vista gorda a favor de los asesinos, que parecen (ellos sí) con licencia para aplicar la pena de muerte a cualquier inocente que anda por la calle.
Días pasados, viajando hacia Capital, observé un tumulto desde unas dos cuadras, en el que también participaban una ambulancia y un patrullero. Al pasar por el lugar pude ver la patética imagen de alguien muerto en la vereda en medio de un charco de sangre. Y recordé imágenes de hace treinta años, época de adolescente apenas, cuando los que se veían caídos en alguna esquina eran los “subversivos”. El episodio me produjo dos sensaciones: la primera es la de que realmente habíamos vuelto a los setenta. Tanto querían rememorar la cultura setentista, que lo lograron. La muerte viste nuestras calles igual que entonces. Con la misma crueldad, aunque ahora con más miedo. La segunda es que, hoy por hoy, un delincuente está expuesto a esta dicotomía: o muere en un enfrentamiento en el momento del ilícito, o sigue vivo y suelto para cometer nuevas fechorías (asesinatos inclusive). No hay nada en el medio. O es ajusticiado en el momento –algo que creo que no les afecta en lo más mínimo- o no es pasado por la Justicia de ningún modo. Quizás algún trámite burocrático en una comisaría, nada más…
Se me ocurre que, quizás, la única fuerza capaz de poner un freno a tanta barbarie es la de las fuerzas de la Producción. Que ya están siendo víctimas de todo esto, lo mismo que las personas en sí mismas. Hoy, quien trabaja se ve expuesto a no volver a su casa en cualquier momento. No se puede ir al banco, ni a hacer una venta ni una cobranza. No se puede trabajar así. Es imposible. Salideras, motochorros, pago de “peajes”, aprietes, de todo sufre el pobre tipo que labura por derecha (aunque tenga “izquierdos humanos”). Ya no da para más. Mi vecino, el farmacéutico Eduardo, también lo sufrió. O el garrafero de Barracas. O…
Basta! Hagamos algo. La gente ya se está organizando en marchas y protestas en distintos puntos del conurbano y del interior. Pero las fuerzas productivas no pueden quedar al margen del tema, porque son las que mantienen el sistema legal y, sin quererlo y padeciéndolo, el ilegal del país. Hagamos el reclamo como corresponde, con un Paro Nacional de Actividades. En todo el país. El miércoles 22 de abril paremos el país. Para que los gobiernos nos escuchen. Para que la Policía –que está indefensa también- se sienta apoyada. Para demostrar que es el trabajo el que mantiene a la Nación en movimiento. Y que no se puede trabajar sin las mínimas condiciones de tranquilidad.
Paro y Movilización, el miércoles 22 de abril. Es simplemente una propuesta, para hacer recordar quién es el “soberano”. ¿Vos qué opinás…?

Aclaración: está permitido pasar la nota y la propuesta a quien se crea con ganas de participar y hacer Patria.

Nobleza obliga...


Se llamaba Luis María Albamonte, pero su seudónimo lo definía mejor: tenía mucho de “geográfico”, su nombre abarcaba un continente y su apellido el rincón que más conocía.
Inquieto, curioso y comprometido, no le esquivó a una profesión que, fundamentalmente en su época, se nutría de esos valores y características. Peronista (muy peronista), patriota (mucho también) y periodista (hasta la médula), regenteó en las épocas de esplendor del General diarios de la talla de “El Laborista” y “Democracia”, que llegaba a alcanzar el medio millón de ejemplares por edición.
Dueño de un estilo personal y un particular olfato para lo popular, Héctor Ricardo García lo convocó en 1964 para dirigir su “Crónica”, con baja performance en su primer año de existencia, y él lo llevó a ser el líder de las masas, de los trabajadores, “firme junto al pueblo”, como dice su slogan. También paseó su talento en sus años de proscripción por la mítica “Radio Colonia” de Uruguay.
Incurrió en Literatura con ensayos políticos, como "¿Adónde vamos?" (1959) -con prólogo de Juan Domingo Perón- y novelas, como "Puerto América" (1942), entre sus doce obras, que llegaron a merecer el Primer Premio Nacional de Literatura. También fue fundador de la Escuela Superior de Periodismo de Buenos Aires.

En sus recordados comentarios, que publicaba en su columna de “Crónica” o en sus apariciones en el viejo Canal 11, tocaba temas de orden social con un ajustado mix de lenguaje refinado y crítica incisiva. Y concluía sus ideas con una pregunta que invitaba a la reflexión y a estar de acuerdo con él…
Su nombre periodístico era Américo Barrios. Y el nombre de este blog es un permanente homenaje al Periodismo (con toda humildad) encarnado en su persona. A casi dos años de levantar la persiana de esta columna de ideas, críticas y propuestas, va siendo tiempo de poner las cosas en su lugar. “¿Vos qué opinás…?” cuenta con la ventaja del avance tecnológico que permite la respuesta interactiva a la interrogación, además de incorporar en el voseo el sello inconfundible de la argentinidad en un medio internacional como es Internet. Américo Barrios recibía las respuestas en persona (atendía infinidad de ellas) y era el dueño innegable de un estilo de comunicación que, a tres décadas de su recordada actividad, quiero desde aquí tratar de emular. Después de todo, nobleza obliga, hay que “darle al César lo que es del César”. ¿No le parece...?

La Casa Gris


Alguna vez esta columna hizo lugar a la esperanza al hacer referencia a la llegada al Poder en el mundo de la mujer. Hoy, la esperanza viene de frac, “de color” –como se dijo durante décadas…-, o al menos con un color distinto. Que, a modo de prisma diferente, quizás permita alterar para bien la realidad del mundo, agobiado ya de guerras, terrorismos, hambre, antinomias, xenofobias y tantas otras miserias humanas.
Hoy la esperanza tiene un lugar en la cara de bueno de un hombre negro, luchador, de familia, moderno, con ideas solidarias y con perfil bajo. Y en la de millones de personas, norteamericanas y de todo el mundo, que aspiran al alivio de la distensión tras asistir impávidas al desparpajo de un largo período de abusos, de invasiones, de muertes, de burbujas económicas escandalosas, que llevaron a pueblos enteros a la ruina o a la muerte…
Hoy, aquel “I have a dream” de Martin Luther King empezará (ojalá) a hacerse realidad, tras largos cuarenta y cinco años de espera. Y John Fitzgerald Kennedy, esperanza mutilada hace idéntico tiempo, también estará expectante. Hoy, sentado junto a la anciana keniana que viene a ver ocupar a su nieto una de las máximas responsabilidades de este planeta, Ghandi estará en primera fila en la asunción del 44° Presidente del Imperio no tanto para festejar sino más bien para comprometer. Hoy la Humanidad quiere creer en un norteamericano, tan devaluados últimamente en la estima internacional, porque parece tener una historia que no le permitirá mantener intacto un status quo que oprime a la gente.
La pregunta es “¿hasta dónde podrá torcerle el brazo a los intereses de los ultrapoderosos un hombre con cara de bueno?”. Seguramente, hasta donde el 80% de opinión a su favor lo deje llegar. Por otra parte, todos los sistemas tienen su válvula de escape y éste que mantuvieron Bush y sus republicanos durante ocho eternos años debe también ceder a la presión de los oprimidos, aunque sea por un tiempo.
Hoy, la Casa Blanca se tiñe de negro, tornándose Gris. Pero lucirá quizás más radiante que nunca, con el fulgor que irradiarán de sus miradas los millones de habitantes de este mundo que esperan que un “hombre de color” lleve trabajo, paz, solidaridad y humildad a su país y a todos los costados del planeta.
Desde este rincón de la blogósfera sumamos votos para que así sea. La esperanza, como siempre, es lo último que se pierde. Y quizás, esta vez, se convierta en realidad. ¿Vos qué opinás...?

Es para el mundo, que lo mira por TV…


Horror. Mucho horror. E impotencia. Hoy son cien. Mañana, doscientos cincuenta. Pasado, quinientos. Y el mundo lo mira por TV…
Las antinomias entre israelíes y palestinos son tan antiguas como complejas y hasta inentendibles. Pero sirven para retroalimentar aquel viejo axioma que asegura que el hombre (y por ende, la humanidad) tiene un costado que construye y otro que destruye.
Una nueva guerra nos convoca a ser espectadores, desde que hace casi dieciocho años la del Golfo se convirtiera en la primera en ser observada “en vivo” por cualquier ciudadano desde el cómodo living de su casa. Los muertos civiles -mujeres, ancianos y niños incluidos, todos inocentes- son hoy parte no solo de una locura que ya no respeta códigos militares ni tratados internacionales, sino también del consumo de comunicación de millones de habitantes del mundo que miran consternados cómo la barbarie llega a límites que antes quedaban reservados solo a quienes la protagonizaban…
Es interesante que los actuales medios tecnológicos permitan tener la visión “on line” de los acontecimientos y las tremendas vivencias de, por ejemplo, una madre que intenta criar a sus hijos entre medio de los bombardeos pero se hace su tiempo para postear en un blog el padecimiento de los civiles atrapados en una guerra. Antes solo existía registro de aquello a través de literaturas que llegaban mucho después del momento del relato. Pero, a la vez, cabe preguntarse para qué sirven los medios de comunicación si no son capaces de lograr que el mundo reaccione para terminar con un nuevo desastre de magnitud aún no calculada. Da estupor el hecho de que millones de ciudadanos de todo el mundo tengan acceso a la información y a las imágenes de lo que está sucediendo y nada puedan hacer para detener la sangre, la destrucción, la muerte.
Quizás sea una cuestión de maduración y tanta imagen cruenta vaya acumulando en el inconsciente colectivo el rechazo a toda forma de beligerancia, en especial armada. Es el consuelo que queda por pensar para poder darle un sentido a esta horrorosa forma de globalización que es el hecho de participar de una guerra, pero en forma pasiva y no riesgosa. Aunque, si sos bien nacido, no deje de causarte repulsión, asco y vergüenza de ser parte de la raza humana. ¿Vos qué opinás...?

Deudas pendientes


Decía Winston Churchill que “la Democracia es el peor de los sistemas de gobierno, excepto todos los demás”. Y si bien para algunos aquello fue solo una humorada, bien podríamos haberlo hecho ciudadano argentino al hombre, porque en pocos lugares esto debe notarse tanto como en nuestro querido país. Desde la instauración de los sistemas de gobierno republicanos hasta el momento, el actual período democrático –que hoy cumple escasos veinticinco años- es el más largo de la historia de esta tierra. Y seguramente, el que más costó y el que más permitió aprender de las bondades del sistema, en comparación con cualquier otro.
Sin embargo, a la luz de los hechos, no creo convertirme en un “golpista” o en un “facho” si cuestiono las metas alcanzadas por este (el mejor, eso no lo dudo) sistema de gobierno.
En los albores del período, escuchábamos a Raúl Alfonsín recitando el Preámbulo de nuestra Constitución Nacional y asegurando que con la Democracia se comía, se curaba y se educaba. Quizás una verdadera expresión de deseos de un demócrata como lo fue el chascomusense, pero ¿resultó así la fórmula?
No es muy ameno hablar de estadísticas, pero cualquiera que consultemos, casi con seguridad va a mostrar índices no gratos, con tendencias que vienen cayendo en cuanto a calidad de vida se refieran. Sea de Educación, de Salud o de nutrición... Ni hablar de Seguridad (quizás el peor flagelo que nos acecha hoy por hoy, pues no hace distinciones de ningún tipo: le toca a cualquiera). O de drogadicción. O de corrupción. O de accidentes de tránsito. O de contaminación ambiental. O de energía. O de soberanía. O...
Es difícil ser cruel con la democracia, porque sigue siendo el mejor de los sistemas. Sin embargo, los argentinos parece que no sabemos bien cómo usarla, cómo valernos de ella para vivir mejor, para hacer Patria, para defender lo de uno. Para vivir en armonía, para salvarnos todos y no unos pocos, para crecer como personas y como país. Para seguir produciendo grandes científicos que después de formarse acá también se queden a trabajar. Para lograr “quedarnos” con todos nuestros talentos. Para volver a aquella mítica “Industria Argentina”, sin olvidarnos que somos campo. Para lograr un verdadero sentimiento nacionalista, a lo “brasileño”, si se quiere. Para formar una Patria Grande en serio con los vecinos, nuestros países más cercanos y parecidos. Para evitar que nos sigan saqueando de las múltiples formas en que lo hacen los imperialismos.
Siempre creí que gobernar es crear entornos. Tan simple y tan complicado como eso: crear entornos. Que permitan a la gente tener trabajo, estudiar y acceder a las necesidades y los amparos que corresponden. Que permitan a los sectores productivos generar riqueza y trabajo. Que permitan a la ciudadanía expresarse, agruparse y comprometerse. Que desarrollen la cultura y el deporte. Entornos que impliquen que el lugar gobernado es un sitio digno para vivir, crecer, progresar, proyectar, sin preocuparse por futuros inciertos, por posibles epidemias o contaminaciones, por temor a las balas, por miedo a la censura, la extorsión o la persecución (de todo tipo). Un lugar que permita ser vivido...
A veinticinco años de aquel 1983 en que todo el Pueblo celebraba la llegada de la Democracia, quedan deudas pendientes que en algún momento habrá que ir empezando a saldar. Decía Mitre: “Las heridas de libertad se curan con la libertad”. Hagámoslo de esa forma, pero empecemos de una buena vez... ¿Vos qué opinás...?

18263


Entrar en sociedad no es cosa fácil. Claro, hoy menos que menos. Con tanto matapulga, las últimas generaciones no tienen verdadero conocimiento de lo que son. ¿De qué pulgas me habla?, pensará más de un joven lector…
Por supuesto, no cabe ninguna duda de que, si las sociedades ya de por sí se han transformado en piezas de museo, hablar de una de ellas por términos prolongados (digamos, 18263 días) es algo ya imposible de alcanzar.
Pero, por suerte, el mundo no comenzó ayer. Ni anteayer. Y, antaño, los objetivos podían ser comunes; los sueños y los esfuerzos, también. Y los sentimientos, duraderos. Una química inquebrantable que ha logrado, por ejemplo, memorables duplas en el espectáculo (Laurel & Hardy, Abott & Costello, Ginger Rogers y Fred Astaire, Olmedo y Porcel) que quedaron en el recuerdo popular y que solo irán agonizando a medida que vayan desapareciendo quienes de ellos pudieron disfrutar.
No obstante, tampoco se trata de homenajear simplemente la prolongación en el tiempo, sino también la calidad de esas sociedades que lograron atravesar los tiempos y las épocas. Adaptándose a las nuevas formas, entendiendo las nuevas reglas, resignándose a los nuevos códigos, acostumbrándose a las nuevas educaciones, sorteando las nuevas tentaciones, olvidando algunos viejos aprendizajes, reaprendiendo algunos conceptos equivocados, tomando lo bueno de lo nuevo y desechando lo malo de lo viejo. Pero juntos. Siempre juntos.
Es raro conocer a alguna de esas sociedades, porque ya no quedan. Es muy raro, porque en nuestros tiempos parece que nadie pudiera formar una de ellas.
Yo conozco una. Que atravesó buenas (pocas), malas (pocas también) y regulares (la mayoría). Que se tropezó, se levantó, se cayó y se volvió a levantar. Pero siempre caminó. Que sembró mucho y hoy puede cosechar. Que plantó cuatro semillas y tres le germinaron. Y después cinco más. Que transformó a su amor en su descendencia y a su descendencia en su amor. Que cortó muchos almanaques, lavó muchos pañales, firmó muchos boletines, planchó muchos guardapolvos, se enojó muchas veces y se divirtió muchas más. Que trabajó muchas horas extras, visitó muchas veces al médico, gritó muchos goles y rezó muchos Padrenuestros. Que luchó muchas batallas y perdió algunas importantes. Pero que hoy, con hidalguía, puede pasear su trayectoria por los suelos más lejanos.
Hoy nos invade el orgullo. Y la esperanza. Hoy, los Figueroa estamos de fiesta. Y es merecida.
¡Felices Bodas de Oro, viejos! ¡Feliz viaje! ¡Que sean muy felices! Tanto como lo soñaron hace 18263 días…

A nadie le gusta...


Es lugar común defenestrar a la violencia. Desde cualquier sector de la sociedad, desde el Estado, desde los gremios o sindicatos, desde la Universidad, desde los movimientos sociales, las ONG, las escuelas, los vecindarios…. La violencia es repudiada permanentemente, sin distinción de razas, de credos, de estratos sociales o de niveles educativos. Todo el mundo coincide en señalarla como uno de los peores males de nuestros tiempos pero, salvo excepciones, nadie se hace cargo de su generación.
Es realmente sencillo, de todas formas, tomar parte por calificar como deleznable a cualquier hecho violento, sea de la forma que sea o provenga del lado que provenga. Sin demasiado ejercicio intelectual, aparece muy lógico oponerse a ella. Y hasta indigno e improcedente utilizarlo como medio de alcanzar el poder, método ejercido desde hace décadas por los grupos terroristas a nivel global.
Sin embargo, creo que el tema merece una reflexión personal un poco más detenida, más meditada, que explore el hecho desde sus verdaderos motivadores y no solo desde el acto violento puntual.
“Violencia es mentir”, reza el Indio Solari en una de sus más festejadas creaciones. Yo creo que no solo mentir: también lo es discriminar, lo es tener soberbia, lo es ser indiferente, lo es someter económicamente y por supuesto incumplir promesas (aunque eso ya es directamente mentir…)
Recuerdo cuando en los primeros años de la recuperada democracia argentina era muy común escuchar que “por lo menos ahora se pueden decir las cosas”. Algo que me provocaba una tremenda indignación, porque nada me parecía más hipócrita que escuchar a la gente protestar por tal o cual cosa y que no se la tenga en cuenta en absoluto. Pero, se podían “decir las cosas”. Indignante…
La lista de esas provocaciones que engendran violencia sigue teniendo lamentable vigencia, fundamentalmente mantenida desde las distintas administraciones –locales, provinciales o nacionales- que deciden en contra de la gente, que dejan desprotegidos a los ciudadanos (incluidos ancianos y niños), que no sancionan y aplican leyes con Justicia, que permiten concentraciones de riqueza y poder, que malvenden la Patria de diferentes formas –todas vergonzosas, por cierto-, que explotan inmoralmente el medio ambiente condenando el futuro de la Humanidad o actúan a contramano de los intereses comunitarios de otras múltiples maneras.
No significa esto, de ninguna manera, que se pueda justificar la violencia, pero sí –desde mi punto de vista- que lo que debe condenarse en su justa medida es la semilla que la germina. ¿Qué queda por hacer cuando ningún timbre da respuestas? ¿De qué manera se puede hacer Justicia si ninguna institución la aplica como corresponde? ¿Cómo sentirse protegido cuando “desde arriba” no se condena lo condenable?
Las pretendidas democracias que se desarrollan en nuestras latitudes deberán algún día erradicar la violencia verdaderamente. No solo como método de presión sino legislando y gobernando a favor de la ciudadanía, única forma de que la gente extermine de sus mentes cualquier forma de violencia que le permita reivindicaciones, protestas, formas de hacerse escuchar o de exigir Justicia. Aunque quizás solo sea una pretensiosa utopía. ¿Vos qué opinás...?

Cuando la única salida es no entrar


Hace tres años, concurrí a un seminario dictado por un disertante canadiense, gurú de los negocios. Aquel día aprendí algunas cosas interesantes, entre ellas a discernir situaciones en las cuales la única salida posible es la de no entrar. Aprendí que, en determinados casos, no es viable encontrar una solución positiva a determinados escenarios y, por ende, la única salida no perdidosa es la de no haber entrado en aquella situación...
Para ejemplificarlo, el seminarista propuso un ejercicio muy didáctico: pidió prestado un billete de 50 pesos con el fin de rematarlo al mejor postor. La única condición era que, quien haya sido el segundo oferente más importante, también debía pagar lo que ofreció. Es decir, el billete se lo llevaría quien mejor lo pagara, pero quien fue vencido por esa última oferta también debía pagar. El auditorio aceptó el juego con acuerdo de hacer proposiciones de a 5 pesos, para hacer más rápido el ejercicio. Alguien dijo “cinco”, alguien “”diez”, otro "quince", “veinte”, “veinticinco”, “treinta”, “treinta y cinco” y “cuarenta”. Acercándose al valor nominal del billete, empezó a notarse que quien perdía en el juego (el que quedaba como segundo oferente) debía pagar para no llevarse nada, razón por la cual, quien ofreció “treinta y cinco” subió a cuarenta y cinco su propuesta. Pero ahora quedaba mal parado quien había dicho “cuarenta”, por lo que ofreció cincuenta, dejando sin sentido ya el remate. Sin embargo, quien perdía 45 pesos subió la apuesta a 55, de manera de perder solo cinco. Idéntica actitud tomó la otra parte, entrando en una escalada que terminó cuando a la cifra de 100 pesos (sí, 100 pesos), el canadiense dio por terminado el juego y advirtió a los participantes: “Ustedes nunca debieron entrar en mi propuesta…”
De más está decir que se explicó posteriormente la aplicación de este ejercicio en el ámbito de los negocios y de las decisiones de los ejecutivos.
Aquella enseñanza pude emplearla en muchas oportunidades, tanto personales como ajenas. Por ejemplo (en los últimos tiempos), pude advertir una situación semejante en la invasión de Bush a Irak, que dejó al mandatario norteamericano con dos pésimas opciones posibles: retirar su ejército de aquella aventura y darse por vencido –con todo lo que ello significaría- o continuar en el campo de batalla perdiendo soldados y malgastando dinero, estirando el conflicto y magnificando el desastre. Tanto es así, que su determinación será postergada hasta el fin de su mandato para que la tome otro gobierno…
En la Argentina, la actual administración nacional cayó en el mismo error. No tanto por haber intentado aplicar una reglamentación que iba a resultar polémica, sino por no haberse dado cuenta de que debía replegarse en el primer instante del conflicto, minimizando las consecuencias, aunque alguien hubiera visto en esa jugada una pequeña pulseada perdida. Era el mal menor…
Redoblar la apuesta –algo habitual en la política “pingüina”- en esta oportunidad, sin medir los recursos que tenía el oponente para dar pelea hasta el final (como lo hizo), hizo entrar al gobierno en una de esas situaciones en la que no se debe entrar, porque cualquier salida posible va a ser perdidosa. Sin embargo, la peor ceguera fue llevar el conflicto a transformarlo en una cuestión de Estado y de Poder –cuando al principio solo era de plata- estirando una salida que finalmente resultó costosísima, tanto en dinero como en consenso para la Presidenta y para su ahora desgastado Gobierno. Quizás nadie del kirchnerismo haya asistido aquella tarde al seminario del canadiense. ¿Vos qué opinás…?

El Jefe


Los refranes son frases que expresan de algún modo un aspecto de la realidad. Algunos lo hacen de manera académica, otros de forma simbólica y algunos con pretensión humorística, aunque siempre preservando la consistencia de lo que quieren decir…
Uno de ellos reza: “El que sabe, sabe y el que no, es jefe”. Desde ya, un refrán usado con sorna las más de las veces, para causar la risa de algunos o la bronca de otros (los jefes, obvio!). Su discurso parece intentar provocar la sonrisa en quien lo pronuncia o lo escucha, más allá del verdadero contenido que encierra, teniendo en cuenta que estamos generalizando, por supuesto.
A lo largo de mi trayectoria como trabajador, como socio, como dirigente gremial-empresario y como integrante de ONGs, he tenido la suerte de estar de “los dos lados del mostrador”, el de subordinado y el de personal jerárquico. Y en todas las organizaciones en donde estuve noté que el que sabe, sabe y el que no, es jefe. Invariablemente.
Pareciera ser que la información “no sube”. En las empresas, en las instituciones, en los organismos. En una industria, en una escuela, en un sindicato. La información que se maneja “abajo” es mucho mayor y más certera que la que se maneja en las cúpulas. Las dirigencias resuelven, deciden, administran con muchas variables menos que las que disponen los empleados, y, a veces, hasta con datos inciertos o equivocados. Amén de cierta soberbia que los cargos directivos provocan en algunas personas, que impide notar que el verdadero conocimiento está en las bases y no en lo que él cree que es la realidad.
Incluso, las jefaturas suponen muchas veces que la falta de resolución de una determinada situación por parte de un empleado –o un grupo de ellos- es únicamente por ineficiencia. Y, cuando deciden “tomar el toro por las astas” y resolver la cuestión personalmente, se dan cuenta de que aquella intención era imposible de lograr, más allá de las capacidades de las personas. De todos modos, nunca van a dar cuenta de lo equivocado de aquella soberbia actitud. Y así nos va…
Es probable que sea un problema psicológico. Es posible también que haya un inadecuado formato de traspaso de la información desde quienes hacen el trabajo de campo (el que está en contacto con el proveedor, con el cliente, con el afiliado, con el alumno, con el ciudadano que paga sus impuestos, con la realidad, en síntesis) y quienes deben dirigir los destinos de las organizaciones y disponen de un panorama que no siempre –casi nunca- se ajusta exactamente a las circunstancias del momento.
Quizás haya algo de las dos cosas. O quizás haya alguna otra variable que desconozco y que juega sus cartas en el asunto. No lo sé. Lo que sí sé que es verdad es que “el que sabe, sabe y el que no, es jefe”. Indefectiblemente.
Desinformación y soberbia. Ignorancia y miopía. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. ¿Vos qué opinás...?

Irresponsable


En todos los alumnados, desde siempre hasta hoy, es habitual que haya algún travieso, algún molesto, hasta algún inadaptado que enloquece a todo el curso, docente incluida. Ese muchacho/a que permanentemente tiene la palabra innecesaria en el momento justo, que subestima o menosprecia la capacidad de quien está al frente del aula, que revoluciona al conjunto con ideas rebeldes o promueve patriadas insurreccionales contra quienes ejercen la autoridad en el ámbito del establecimiento educativo. Que saca “canas verdes” (al menos, antes se decía así...) a quien dicta la clase y, las más de las veces, descontrola al grupo con su inconducta contagiosa.
Ante este tipo de personajes, es el personal docente el que debe saber encauzar cualquier pretendido desmán, poniendo en situación no solamente a quien intenta romper la armonía sino también al conjunto todo. Maestros y profesores poseen –o debieran poseer- las capacidades necesarias para poder conducir un grupo como un verdadero líder, y eso incluye a la habilidad para sobrellevar actitudes inadecuadas para el bien común de todos los alumnos y el del propio docente.
A ningún educador sensato se le ocurriría argumentar que la culpa de que todo un grupo esté “fuera de control” es de un solo alumno, por la simple razón de que ello significaría que aquél tendría más fuerza, más poder, que el que tiene el docente...
Sin embargo, hoy asistimos a una situación nacional que parece una analogía de lo descripto, con mayor importancia, mayor dimensión y mayor dramatismo, por supuesto.
En el largo (tedioso hasta el hartazgo, diría yo) conflicto suscitado entre productores agropecuarios y el Gobierno Nacional por el aumento de las retenciones a determinadas exportaciones, asoman dos actores que bien podrían reflejarse en la realidad del aula relatada anteriormente. Desde ya que no es el sector agropecuario un alumno revoltoso –según mi punto de vista-, pero aunque así fuera, es incomprensible enrostrarle la culpabilidad de todos los males que acarrea para toda la sociedad una protesta sectorial, por el simple motivo de que solo es eso: una protesta sectorial, esgrimida por dirigentes y dirigidos que no son políticos ni funcionarios de Gobierno, sino solamente defensores de los intereses de un grupo. En ese marco, la Presidencia de la Nación no puede permitir que la actitud de ese sector perjudique a la sociedad en su conjunto y solo tenga como herramienta el discurso acusador contra el “alumno inadaptado”. Quien vela por los intereses de toda la comunidad debe ser quien ceda ante la intransigencia de un grupo si esa intransigencia termina llevando penurias al resto de los sectores que nada tienen que ver con el conflicto. Después resolverá qué hacer con ese sector, cual es la forma de “encarrilar” al descarriado, pero siempre velando por el bien común de la gran mayoría de la ciudadanía, ya que, como bien lo dice la mismísima Cristina Fernández , es “la Presidenta de todos los argentinos”. ¿Vos qué opinás...?

A dos del bi


Sabido es que en los momentos extremos es cuando realmente se conoce a las personas. Es en esos instantes cuando aflora lo más profundo de cada quien, cuando “se muestra la hilacha” o no, cuando quien es auténtico y de una sola pieza permanece inalterable y quien no lo es se expone con sus más íntimas miserias. Los momentos extremos desnudan a la gente como los RX...
Creo que es absolutamente viable llevar este concepto desde lo singular a lo plural y analizar cómo una comunidad responde a las situaciones extremas de la misma manera en que puede reaccionar una persona. Las pruebas quedan a la vista en la sociedad argentina que, si bien ya debería estar acostumbrada a sobrellevar “momentos pico”, reacciona de manera más que alérgica a las calamidades o las bonanzas.
Hace muy poco (seis o siete años para la Historia no son mucho en verdad), tocamos fondo de la peor forma, no quedando estrato social que no haya padecido –aunque con distintas intensidades, obviamente- las catastróficas repercusiones de años de dilapidación y creencias de desarrollo “primermundista”. La gente mejor posicionada salió a cacerolear para protestar por la confiscación de sus ahorros (a veces fruto del trabajo de toda una vida) y la de más baja condición solo podía sufrir el terrible flagelo de la desocupación, con el hambre, la falta de Educación y la pésima calidad de vida que ella puede generar. Los muertos que dejó la jornada del 20 de diciembre de 2001 son solo la frutilla de un postre que nunca debimos haber comido...
Desde aquella debacle, la Nación supo y pudo ir recuperándose –algo lógico teniendo en cuenta que más hondo no se podía caer-, fundamentalmente en la mejora de los índices económicos y de la creación de nuevos puestos de trabajo que llevaron algo de alivio o hasta bienestar a muchas familias argentinas.
Ya lejos de aquel cuadro político y social, las condiciones actuales de los mercados internacionales han puesto al país en una inmejorable oportunidad, probablemente la mayor de toda la historia del país, al elevarse el precio de los alimentos a nivel mundial debido a la escasez de producción de los mismos. La Argentina, capaz de generar alimentos para 300 millones de personas, se convierte de la noche a la mañana en uno de los cuatro países (sí: cuatro) que pueden salir beneficiados por esta coyuntura, que parece que va a dejar de ser coyuntura para asentarse en el planeta como un verdadero fantasma para muchísimos países. Hoy nuestra Nación tiene frente a sí un fantástico escenario que propone que un país no desarrollado se transforme –nuevamente, como hace un siglo atrás- en más rico que muchos países que sí lo son pero que no pueden comer chips de silicio, petróleo, software o siderurgia de gran escala. “La” oportunidad, a partir de ser productor de commodities que dejaron de serlo. Pero...
Hoy, el otro extremo nos vuelve a desnudar. La bonanza (la que va siendo pero fundamentalmente la mucha que podría ser) nos vuelve a mostrar tal cual somos. Envolviendo a los sectores involucrados –productores agropecuarios y Gobierno- en una lucha autista que a paso apresurado va desacelerando el ritmo económico perjudicando al país todo, a los ciudadanos todos, simplemente porque no podemos ponernos de acuerdo en cómo repartir las vacas gordas. El mundo nos mira sorprendido, mientras busca nuevos mercados para comprar lo que adquiría acá, y nosotros –los que no estamos en la pelea sino siendo espectadores- nos sumergimos en una inmensa vergüenza ante tamaña barbarie de intereses.
Nuestra historia no es muy larga aún aunque dos siglos parece tiempo suficiente como para, por lo menos, encontrar puntos básicos de acuerdo para convivir y crecer como país y como sociedad.
Perón decía que “el año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. El 2000 ya pasó y, a dos del “bi” seguimos sin encontrarnos, sin entendernos y sin unirnos. Vos qué opinás...?

Gotas de realidad


Admirado, aunque no tan valorado. Explotado, pero no desarrollado. Consumido y deformado en aras de lograr dividendos. Desde siempre, el arte ha causado sensaciones contradictorias, que llegan muchas veces a la inmensa estupidez de coartarlo, censurarlo, mutilarlo o eliminarlo. A través de la Historia, el Hombre ha canalizado en él el registro de su paso por el mundo, certificando de alguna manera la trayectoria de la Humanidad y la supremacía por sobre el resto de los seres vivos que habitan el planeta, incluso desde antes que él mismo...
Cierto es también que con pretensiones artísticas deambulan por doquier miles de “profanadores” que distorsionan los fundamentos que debieran mantener aquellas expresiones y que solo lucran –o al menos se ganan el sustento- practicando manifestaciones que, muchas veces, es beneficioso no percibir de ninguna manera. O quienes, de modo verdaderamente perverso, disfrazan como tal engañosas piezas que solo intentan la manipulación intelectual.
Y aquí surgirá para algunos la vieja discusión de si tal o cual expresión puede o debe ser considerado arte. Alguno también pretenderá adentrarse en el ya arcaico (aunque no obsoleto) debate sobre si el arte debe o no ser entendido, comprendido, debate que aún hoy mantiene adeptos de ambos lados que justifican su posición con argumentos que, desde ya, merecen ser escuchados.
A lo largo de los siglos, los artistas han luchado para poder manifestarse, exponer sus visiones, sus posiciones, sus pretensiones ciertas de cambiar el mundo. Lucha que llevaron a muchos a ser perseguidos, extraditados o a convertirse en mártires por ser incomprendidos, adelantados a su época u opuestos a los intereses de los poderes de turno. En todas las latitudes, en todas las épocas, en todos los imperios. O, por la vuelta y tras la ida de los intolerantes, están quienes se han transformado en referentes de una sociedad por su lucha, la defensa de sus ideales y su sufrimiento inmerecido en aras de mantener intactas sus ideologías.
Para mí, el arte no es más que la huella del derrotero que el ser humano va dejando a lo largo de su ya milenaria trayectoria terrestre. Y se convierte en el mayor legado de la civilización, en el verdadero sentido de su paso por el mundo, en lo único que no es “mantenimiento”. El arte perdura, madura, evoluciona y permite el crecimiento personal de quien se nutre de él, provocando la reflexión, la memoria, y todas las sensaciones –desde placer hasta asco, desde amor hasta odio, desde sosiego hasta ira- que solo una canción, un film, una escultura, una pintura, una pieza literaria pueden inducir. Seguramente, la mejor herramienta de que disponemos para transformar permanentemente la dura realidad terrenal. ¿Vos qué opinás...?

Un año con “¿Vos qué opinás…?”


¿Vos qué opinás…? cumple un año. Pasó rápido, por cierto. Con semanas fecundas de expresión y otras más silenciosas o con ocupaciones que impidieron una mayor comunicación.
No obstante, este tiempo me permitió cruzar conceptos, ideas, pero fundamentalmente me sirvió para poner a prueba determinadas teorías aprendidas de manera formal, algunas de las cuales no salieron aprobadas, otras sí. Pero una de ellas resultó verdaderamente sorprendente...
En ámbito universitario estudié que para que un proceso de comunicación se lleve a cabo deben existir un emisor, un receptor y un medio que transmita el mensaje. También aprendí que todo acto comunicacional se produce solo cuando entre ambas partes existe un común de experiencias que permitan que el mismo se concrete. Un lenguaje compartido es el principal, pero también los conocimientos y vivencias de cada quien lo son (de hecho dos cirujanos se entienden bien hablando de su trabajo, pero un cirujano y un publicista poco podrán comunicarse acerca de sus profesiones, por ejemplo). Por último, se me enseñó también que el mensaje no es el que pretende el emisor sino el que entiende el receptor…
Acá es donde reside mi mayor sorpresa: nunca creí hasta la experiencia de este blog que un mensaje podía ser entendido de maneras tan diferentes. Nunca pensé que las palabras tenían significados tan distintos para las personas, que las ideas que uno quiere manifestar podían ser comprendidas de formas tan disímiles por la gente. Muchos comentarios de quienes se animaron a contestar (más los de tantos otros que no lo hicieron, seguramente) dan muestra de lo que digo. En algunos casos refiriéndose a cosas sobre las que no escribí. En otras, disparando anécdotas, episodios o pensamientos que nada tenían que ver con lo que expresaba la nota –o, al menos, con lo que yo quise expresar-.
Y resulta paradójico que, teniendo un lenguaje tan rico en vocabulario, con tantísimas palabras para designar lo mismo, el uso actual del mismo “permita” (por decirlo de alguna manera) comprender un texto con sentidos sino opuestos, al menos sí bastante distantes entre ellos.
En definitiva, todo esto lleva a extremar los recaudos a la hora de sentarse a escribir, tratando de ser lo más claro posible en la exposición, de manera de limitar el abanico de posibles interpretaciones, en un ánimo un tanto egoísta –si se quiere- de que todo el mundo “lea” simplemente lo que escribí. Entiendo que mis notas no son arte, solo una manifestación de criterios propios sobre determinados temas. De ahí que me esfuerce en tratar de que se entienda lo que quiero decir, dejando para la Literatura el hecho de que cada lector vuele con su imaginación, descifrando lo que su propio universo le sugiera.
“¿Vos qué opinás…?” seguirá siendo un pequeño kiosquito de opiniones, de propuestas, de debates. De este lado, mi inquietud continuará generando disconformismos, proposiciones y preguntas. Del otro, todos quienes prestigian esta columna leyendo, comentando, debatiendo, haciendo que estas líneas tengan algún sentido.
Humildemente, este espacio intentará siempre provocar el cuestionamiento de aquellos preceptos que parecen ciertos solo porque llevan tiempo esgrimiéndose.
El intercambio de ideas es el gran promotor del progreso humano, y en lo que se pueda, este blog colaborará en ello. Soy optimista: quizás, algo se logre… ¿Vos qué opinás…?

PD: Gracias a todos quienes pasan por aquí y también a quienes incluyeron a esta columna en su lista de blogs preferidos. Es un verdadero halago.

El péndulo


Treinta y dos años después de la barbarie, mucho tiempo ha transcurrido como para que la Nación haya aprendido las lecciones que con sangre han escrito páginas muy pesadas de nuestra Historia. De todo hemos tenido en estas tres décadas y algo más, experiencias que dejan huellas –para muchos imborrables, por cierto- que debieran servir para crecer como país, y eso incluye a todos quienes lo conforman (Estado, Gobiernos, partidos políticos, instituciones, Fuerzas Armadas, políticos, dirigentes, funcionarios, ciudadanos).
Sin embargo, los aprendizajes no parecen alcanzar los mismos promedios en todos esos distintos actores y algunos, verdaderamente, reprueban las materias como alumno desatento y despreocupado.
En aquellos monstruosos años de la dictadura, prohibir era la principal política de Estado. Casi todo lo estaba. Manifestaciones políticas, gremiales, estudiantiles, artísticas o de cualquier tipo. Incluso personales, ya que ni siquiera podía elegirse un “look” que transgrediera la uniformidad y prolijidad establecida como norma por el régimen. Una dictadura, bah, todos sabemos a qué me refiero...
Hoy en cambio, este alumno poco aplicado que es el Estado (alguno querrá cambiar el concepto por el de Gobierno, probablemente) se ubica en las antípodas de aquella etapa de plomo, violenta, represora, y en aras de defender Derechos Humanos alega políticas “garantistas” (me pregunto si las garantías defienden a quienes tienen que defender...) y permiten todo tipo de atropello, tropelía, barbarie o ultraje a las instituciones, a las autoridades y a las personas. Es totalmente permisible hoy en día irrumpir en una comisaría y destrozarla (como hiciera D´Elía y compañía hace algún tiempo), cortar las vías de comunicación que unen a la Nación –y que la misma Constitución garantiza como de libre circulación-, faltarle el respeto a cualquier autoridad policial (alguien creerá que se lo tienen ganado...) o hasta salir en defensa del hijo propio para discutirle a la maestra la más mínima diferencia con el alumno (cuando no se la lleva a juicio por cometer la “bárbara” acción de retarlo por una falta de conducta). Todo está así, desmadrado. Sin límites, sin márgenes, sin marcos. Cualquier cosa está bien. Aquello de que los límites de la libertad propia terminan en donde empieza la libertad de los demás es un concepto demodé. Ya no es más así, todo es como a cada uno le parece, se olvidaron las reglas de convivencia, se dejó de lado el bien común. Cualquier paro puede ser salvaje, no importa a quién afecte. Cualquier manifestación puede adueñarse de los tiempos (y ocupaciones) de los demás y mantener cautivos a miles de transeúntes que solo quieren desplazarse. Cualquier Gobierno puede pretender extorsionar a quienes producen confiscándoles la mitad o más de lo que han generado. Y cualquier sector puede llevar adelante acciones que involucren a gente que nada tiene que ver con su asunto. Exactamente igual que como hacía el terrorismo, que en buena parte dio lugar a la dictadura de la que no nos podemos olvidar (ahora hasta tenemos un día para recordarla, exactamente el mismo en que se instauró!).
Nuestra Historia sigue siempre el recorrido del péndulo. Va de un extremo al opuesto, y empieza a recorrer la misma distancia pero en sentido inverso. Una y otra vez, de forma peligrosa, por cierto.
Alguna vez la nuestra podrá ser una sociedad, con todo lo que ello implica: formas de convivencia, normas regulatorias, leyes que se aplican y respetos mutuos entre las personas, base de toda institución, partido o gobierno. Por ahora, parece que el péndulo va a seguir su recorrido, en una y otra dirección, de ida y de vuelta y sin paradas intermedias. ¿Vos qué opinás...?

El podio


El nuestro no es un país alegre por naturaleza. Quizá sea la mezcla de razas que han conformado nuestra población, imbuida de desarraigos, nostalgias, abandonos y rupturas, las que han caracterizado a nuestra gente, un poco “tanguera” siempre. Sin embargo, los talentos que esa misma mezcla han producido lograron sacarnos, aunque sea por momentos, de aquella situación poco alegre. Es larga sin duda la lista que integran esos privilegiados que supieron o saben arrancar una sonrisa, una carcajada, a lo largo de los años. Discepolín, Niní Marshall, Luis Sandrini, José Marrone, Dringue Farías, Adolfo Stray, Adolfo Castello, el “Gordo” Porcel, el “Negro” Fontanarrosa, Alejandro Dolina, Guillermo Francella, Dady Brieva, Florencia Peña...
Pero, para mí, hay un podio en lo que al humorismo televisivo se refiere, que en el día de ayer logró reunirse, para alegría del cielo y para duelo de todos los argentinos. Ayer se fue “el petiso”. Se fue. Y nos dejó, por primera vez, una lágrima en los ojos, después de tantas carcajadas, después de tantas irreverencias graciosas, después de tanta sutileza a veces, de tanta y tanta genialidad a borbotones. Un talento en serio. En todas las áreas del Periodismo y del Espectáculo en las que incurrió. Ayer se fue.
Y subió al podio, junto a los otros dos genios que lo esperaban: el enorme Tato Bores y el inolvidable Negro Olmedo. Dueños de una comicidad incomparable, de un timing preciso, de un lenguaje directo y certero, de una gestualidad más que expresiva. De aquellos que solo los elegidos tienen y que tanto bien hacen a quienes solo podemos disfrutarlos.
Allá estarán ahora, sacándose chispas a ver quién dice la barbaridad más oportuna, quien puede subir al lugar más alto del podio y quien lo baja, como verdaderos clowns que fueron.
Lo vamos a extrañar al petiso, realmente. Como extrañamos y no olvidamos a los otros grandes que cambiaron nuestros estados de ánimo, seguramente cuando más lo necesitábamos.
Es difícil estar de duelo cuando muere un payaso. Todos dicen que hay que recordarlo riendo, alegres, divertidos. No sé si puedo esta vez. Sepa disculparme, Señor Guinzburg, si no puedo respetar esta regla. Hoy tengo la lágrima a flor de piel, y no es por llorar de risa en esta oportunidad.
Nos van quedando algunos cómicos, pero pocos de los quilates, de la calidad, del carisma y del ingenio del petiso y sus acompañantes en el podio. Ojalá, desde dondequiera que estén, iluminen con su gracia tanta miseria desparramada, tanta tristeza y desamparo, tanta soledad, tanta impotencia y tantas otras emociones tóxicas que nos someten a menudo a los argentinos y que ellos, de a ratos aunque sea, podían hacernos olvidar. Quizás lo logren. ¿Vos qué opinás...?

Dos caras


Por Pedro León Jáuregui Ávila
del Diario "La Opinión" de Cúcuta, Colombia
para "¿Vos qué opinás...?"


La tensa situación que se origina en la frontera colombo-venezolana por las declaraciones imprudentes de los presidentes Álvaro Uribe Vélez (Colombia) y Hugo Rafael Chávez Frías (Venezuela) con sede en Bogotá y Caracas, afecta a todos los que vivimos en la zona limítrofe.
Los mandatarios se han agarrado, en más de una guerra verbal, en un intercambio de palabras como empleadas de servicio y se han olvidado que son los presidentes de dos países con intereses históricos y familiares comunes.
El temor de un conflicto no se descarta, pero es poco probable que ello ocurra porque en la frontera entre Norte de Santander (Colombia) y el estado Táchira (Venezuela), donde vivimos, los lazos familiares son muy estrechos.
El que no tiene un hermano, hija, tía, tiene por lo menos un amigo al otro lado de la línea fronteriza, por lo que se hace difícil pensar que ello ocurra así los dignatarios de los países fomentados por los mercaderes de la guerra lo fomenten (los únicos que saldrían ganadores si hay un conflicto). Dicho de otra manera la frontera no quiere la guerra.
Al margen de lo anterior hay situaciones que parecen motivar el momento que se vive.
De un lado está el hecho que Venezuela tendrá elecciones regionales en noviembre donde Chávez intentará recuperar el terreno que perdió en diciembre cuando salió derrotado en la aspiración de perpetuarse en el cargo (dictador por decreto). En Colombia que cumple su segundo mandato en línea ha indicado que no buscará una tercera elección salvo una hecátombe y una guerra lo es...

La ¿Tercera? Edad


Alguna vez hice mención en esta columna a algunos conceptos que con el correr de los años han cambiado –creo que no solo a mi forma de ver- y sin embargo se perpetúan de la misma manera sin acompañar el devenir de los tiempos. El de la “Tercera Edad” es uno de ellos. Y no solo porque se trate de un término o de un rótulo, lo cual no sería demasiado significante. Creo que en el concepto de Tercera Edad se amontonan un sinfín de características que ya han cambiado también y que merecerían una revisión a fin de encontrar entornos que favorezcan a quienes ella transitan.
En verdad, la definición de “Tercera Edad” está bastante vetusta, ya que antaño podría ser que una persona transitara solo tres marcadas edades a lo largo de su vida (infancia, juventud, ancianidad). Eran épocas en que la vida era más corta, la infancia larga, la adolescencia casi no existía –un muchacho que terminaba la “colimba” ya era “todo un hombre”- y la juventud era también bastante ajustada, ya que la pretendida última edad empezaba con la cuarta década de vida, apenas...
Realmente podría decirse que las etapas de la vida eran tres, con diferencias bien manifiestas entre ellas.
Sin embargo, en el siglo actual, creo que nadie podría sostener que esto sigue siendo así. Hoy la infancia se ha acortado drásticamente –en algunos casos ni siquiera llega a los doce o trece años-, y en cambio la etapa que sigue dura casi una eternidad. De hecho, hoy se habla de los “adultecentes”, concepto que engloba a jóvenes de treinta o más años que aún permanecen en la casa de sus padres, gozando de los beneficios que ello conlleva y esquivando las responsabilidades que a esa altura de la vida es más o menos lógico ir asumiendo.
Pero, sin llegar a los extremos, la adolescencia es una verdadera edad en sí misma, pues dura prácticamente quince años, algo impensado décadas atrás.
La juventud, ciertamente, también se ha prolongado. Si bien empieza más tarde, hoy nadie medianamente sensato podría asegurar que una persona de cuarenta o de cincuenta años sea vieja. La juventud se divide hoy en dos períodos, uno que arranca tras la larga adolescencia y que termina en la etapa de la madurez, sobre los cuarenta y cinco a cincuenta años. En verdad, muchas personas desarrollan hoy en día su máximo potencial en esta cuarta etapa, mezcla de juventud y de experiencia a la vez.
Recién como quinta época de la vida, aparece la ancianidad, o vejez. Con un límite un poco incierto en su inicio y con características que varían mucho entre las personas, de acuerdo a la calidad de vida que hayan podido llevar a lo largo de su existencia. Quienes hoy recorren los sesenta o setenta años quizás no transiten por una quinta etapa, debido a las épocas en que les tocó sobrellevar su vida, aunque sí ya por una cuarta, por lo que, en mi opinión, lo de “tercera” está añoso.
Reconocer que no son tres sino más los actuales períodos en la vida de la gente es un punto de partida para planificar mejores formas de socialización, sobre todo teniendo en cuenta que en la mayoría de los países desarrollados y en muchos aún no desarrollados la población está envejeciendo, en relación a los datos demográficos de años anteriores. Después de todo, no solo debe tratarse de prolongar la edad de los seres humanos estirando la fecha de fallecimiento sino asegurando actividades y calidad de vida que permitan a cada uno de ellos el acceso a la dignidad en cualquiera de las etapas que sea. En ese sentido, creo que la medicina y la ciencia –principalmente- vienen cumpliendo con loables objetivos que no se condicen con una planificación responsable de las demás áreas en cuestión. ¿Vos qué opinás...?

El guión del enemigo


No deja de asombrarme. El respeto en la Argentina es algo que ya no está en decadencia: está en el olvido. Y si no, vean el nuevo monstruo político que acaba de nacer, el “Pacto Kirchner-Lavagna”. Considerado por los medios como “inesperado”, cuando en realidad es vergonzoso. Ni más, ni menos.
La Democracia, en la Argentina, es un sistema que se plantea como “representativo”, pero que en la práctica sirve solamente para regalar poder a quienes integran listas partidarias. Nada más que para eso. Este asqueroso pacto lo confirma nuevamente. Quienes se inclinaron en las urnas hace nada más que tres meses por el Sr. Lavagna (“tan solo” 3.200.000 personas) hoy ven como su voto opositor va a parar a las filas de aquello a lo que se oponían. Poco –nada, más bien- le importó al ex ministro que esas estúpidas almas que lo apoyaron hoy se vean absolutamente traicionadas al usar para bien personal aquella cuota importante de poder que le otorgaron. Obviamente, del lado del kirchnerismo es idéntico. Como si los votos fueran para que el votado haga absolutamente lo que se le ocurra en vez de llevar adelante las ideas y posiciones expuestas en la campaña.
También vienen a mi memoria aquellos diputados que cambian de bancada después de llegar a la Cámara, usufructuando de manera traidora el respaldo que la gente le brindó en la elección; la llegada de Kirchner a la Presidencia de la mano de Duhalde a quien después tildó de mafioso (¿y él qué vendría a ser si llegó por aquél?) y tantas otras patrañas políticas como Uds. recordarán, modus operandi propio de delincuentes y logias.
Se me ocurre que la Democracia argentina sigue los lineamientos dispuestos en el guión del enemigo. Parece realmente así. Aquellos intolerantes y fascistas que siempre se resistieron a los “gobiernos del pueblo” hoy ven cómo sus posturas totalitarias parecen justificarse a partir de los desmanes que nuestros políticos cometen con el poder conferido. Nos matan en la calle –los autos o las balas-, nos acechan las potencias comprando (por ahora) nuestras tierras, nuestras empresas y nuestras riquezas, vienen por nuestra naturaleza (y esto va en serio, ya no es algo “del futuro”), y los muchachos de la política autóctona siguen preocupados por espacios de poder, negociando los votos que la gente (inocentemente) les dio. Un guión que nadie mejor que el enemigo podría haber diseñado.
Hace algunos meses señalaba en “De a poco, pero se aprende” cómo la gente iba aplicando premios y castigos a los viejos y corruptos dirigentes que siguen pretendiendo encumbrarse en las cimas. Hoy observo cómo, sin embargo, nuestras cúpulas políticas manosean al “soberano” (¿?) realizando una y otra vez sus “promesas en el bidet”, como diría Charly. ¿Vos qué opinás…?